El encanto de la ballena (28)

“ me siento inepta, me parece que dejo escapar en vano estos preciosos años y días de convivencia con mis hijos, ya tan mayores. Los miro y me parecen aún indefensos y quisiera poder asumir la carga de dolor que la vida les reserva, a ellos como a todos. De algún modo, me siento responsable de su felicidad y me pregunto si han recibido las armas y los instrumentos necesarios para hacer elecciones conscientes, para ser aguerridos en las pruebas, fuertes en las desilusiones, generosos en el éxito, para amar y vivir en el significado.”

Verde agua
Marisa Madieri


Me siento inepta, me parece que dejo escapar en vano estos años preciosos y días de convivencia con mis padres, ya tan mayores. Los miro y me parecen aún indefensos y quisiera poder entender la carga de dolor que la vida les ha mostrado, a ellos como a todos. De algún modo, siento la necesidad de exlicarles que no son responsables de mi felicidad. Que habiendo recibido en bandeja los instrumentos necesarios para hacer elecciones conscientes, para ser aguerrida en las pruebas, fuerte en las desilusiones y generosa en el éxito, se me resbala la bandeja entre las manos y no estoy segura de estar preparada para amar y vivir en el significado.

El encanto de la ballena (27) o La ballena encantada naufragando en el discurso logico (1)

De vez en cuando sentía curiosidad por recordarse. No quiero ser melancólico. Abría cualquier página de su diarío. Voy despacio. Releía los parágrafos escritos. Pero…¿a dónde voy?

A mi sólo me apetecía pasar un rato contigo. Invitarte a tomar una cerveza y explicarte, si me lo hubieras permitido, que no es vivir solo lo que me da miedo sino morir solo. Me importaba más bien poco no conocerte, de veras. Es probable que después de la charla tu no me conocieras más... Solo habríamos estado un rato juntos. Mientras tanto seguiré pensando. Discutiré conmigo. Hoy inventaré la imagen del hombre que esperaba en el andén, con efecto humo, siempre de noche. Descompondré cada detalle de la llegada de los niños a la estación con fondo de ese hombre que espera. Manos que agarran otras manos. Los llantos se pierden porque no saben a donde van. ¡Ignorantes!-. grita el dios justicia-¡Ignorantes! ¿es que no sabeis que de nada sirve llorar porque en el lugar hacia donde van vuestros cuerpos no hay nadie que pueda escuchar vuestro llanto? Pero al dios justicia tampoco lo puede escuchar nadie. ¡Como pesa la imagen de la estación de tren en mi cabeza ahora que siento perdidos todos esos gritos de dioses, cuerpos de niños, llantos y el hombre que espera…! …El hombre…no murió sólo ayer…murió cada día de su vida al agarrar cualquier mano de un niño que apeara del tren para ser conducido a una cámara de gas. Sólo ayer el hombre murió solo. He notado como mi miedo no desaparece, se transforma y hubiera querido explicártelo. Sí. ¿Por qué no? En la barra, con las cervezas y unas tapitas de olivas, sin conocernos. Acaba de explotar una imagen en mi cabeza.


Cerraba las mismas páginas y no reconocía haber sido él quien las había escrito. No voy a ninguna parte. Se sentaba en el sofá.

El encanto de la ballena (26)


"eSe"
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El encanto de la ballena (25)

No sé si sentriría lo mismo de no vivir debajo de las hojas húmedas de este bosque que, pese a mi edad, soy demasiado consciente que desconozco. Puedes estar seguro, tan seguro como lo puedo estar yo, de que no esperaré a que de tu boca surja un soplido, aunque sea dulce, pausado, tranquilo, para quedar desnuda y, ya sin hojas, salir volando para agarrarme a cualquier rama del árbol que te crees que eres. Y después de la cena de hoy, del vino que hemos disfrutado viéndolo llorar por las paredes de la copa de cristal fino y que ha acabado por emborracharnos, de las historias incompletas que hemos querido explicarnos…después de todo esto… he regresado a mi lugar entre las hojas. Me he alegrado de no compartir ese lugar ya contigo. Aquí, lejos de ti, puedo olvidar el dolor que me produce escucharte. Y es que el camino que recorro para llegar a casa borra la pena, las palabras, tu nariz y duermo sin todas esas cosas, acurrucada en el nórdico mientras viajo a Finlandía. Sueño dedicando ese tiempo a quien unas veces me enamora por llevar calcetines de rayas, otras por quedarse embobado al verme espolvorear el sobre de azucar sobre el café con leche. Que me regala frutas de plástico a las cinco de la madrugada, que acaricía mis pechos mientras enjabono los platos, que juega a ponerse un nombre distinto cada día. Alguien al que puedo llamar y explicarle el final de la historia: “ La pajarita se convirtió en pez y el pez en ballena”. Las ilusiones van llegando a oleadas. Ayer prové las chirimollas. Quiero cruzar el Atlántico y llegar al lugar donde nacen las ballenas. Pasado mañana me enamoro otra vez. Noa me parece un nombre precioso.

El encanto de la ballena (24)

Y ahora debo sentarme en la silla y escribir. Rebuscar en la memoría, hurgar en lo sentido e inventar un futuro. Y quizá ahora, cuando se mezclan en mi cabeza demasiadas cosas vividas, pienso que no puedo hacer de “Erre”, mi pez, un personaje. Ayer, mientras regresaba a casa de noche, venía jugando con mis sombras. Miraba el suelo y a cada paso aparecía una nueva figura, una nueva proyección de mi sobre las baldosas de cemento. Algunas eran grises, otras negras, se movían con mis pies, bailando al son de la melodía de las luces de las farolas. Venía pensando en como describir cada detalle de esa coreografía perfecta. La noche nunca es calmada en una ciudad. Incluso en la desolación de la madrugada es imposible encontrar un instante de reposo. Si miro hacía arriba me deslumbran los puntos de luz, esos que nunca son estrellas. Si miro hacía abajo, las sombras…el baile. Ayer, al llegar a casa, no entré en mi habitación. Perdí el tiempo en la cocina, el baño, el casi-salón. Perdí el tiempo intentando recordar la palabra que había inventado el día anterior y el otro nombre con el que se conocen a los palosantos. Sé que mi cotidianidad se alimenta de infinidad de preguntas sencillas e invenciones absurdas pero así es como vivo. Todo esto sucedía ayer, justo antes de entrar en mi habitación. Hoy he canviado las sábanas y es por eso que sé que cuando me meta en la cama sentiré el olor del algodón limpio y escucharé el sonido de mi cuerpo al rozar las telas. Disfrutaré de los pequeños placeres de las noches con cama de sábanas recién lavadas pero antes de quedar dormida miraré el agua de la pecera. Recordaré lo que me fascinaba estar estirada sobre el colchón y observar al pez nadar, consciente de su necesidad de agua y la mía de aire. Veré las piedras que aguantan las plantas de plástico que ahora danzan solas, removidas por el vaivén de las corrientes que produce la depuradora que todavía no he desconectado. Seguirá sonando Franco Batiatto e imaginaré al pez. Me alegro de que la vida me siga sorprendiendo o no sé…de que me sorprenda con la vida. No siento vergüenza por haber llorado de la misma manera que tampoco la siento por reconocer que me gusta acariciar las hojas de las plantas de mi terraza. Ayer murió mi pez y hoy le echo de menos. Repito: no puedo avergonzarme por haber llorado. Somos, a veces, un poco instantes y siempre, frágiles.. sea lo que sea lo que seamos.