¿Dónde está la palabra que me he inventado? (9)

A veces, tengo la extraña sensación de llegar tarde a todo. Tengo también, una terraza más grande que mi piso. Es por esta razón por la que cuando llega el verano, mi casa se hace gigante. Pese a esta situación que año tras año me acompaña, por las noches nunca me siento en la tumbona a tomar el fresco y a leer bajo la luz de la bombilla que ilumina la terraza. Suelo hacerlo sentada entre los dos escalones que separan el piso de ese pseudo jardín al que durante el día y especialmente, durante los días de primavera, me dedico a observar y mimar con una paciencia casi enfermiza. Me ilumina la luz de un fluorescente al que nunca recuerdo haberle sacado el polvo. Entre esos escalones leo a John Cheever: otro descubrimiento al que me ha precipitado mi precipitador preferido. Ha sido justo después de cerrar el libro, de apagar un cigarro que estoy segura que no será el último, de pensar en tres personas y de no saber en que orden han sucedido estas cosas cuando he pensado que tenía la extraña sensación de llegar tarde a todo. Me he levantado, he entrado en casa, he corrido hasta el ordenador y he escrito mi extraña sensación mientras la luz de una pantalla perfilaba la silueta de mis dedos. Ha sido muy breve. Demasiado.