El delito comun (28)

¡Qué hermoso le ha resultado observar la imagen del hombre que, sentado en el banco preparándose para ir a ninguna parte, se acariciaba el pelo grasiento con un pequeño y plano objeto de marfil…!¡Qué hermoso ha sido el recuerdo de ese objeto en el bolsillo de la camisa de trabajo de su padre, rescatada cada fin de semana de la taquilla de la ahora transformada fábrica de estampación! Aquel peine que cuando era niña robó un día mientras su madre maldecía las manchas de pintura que se agarraban con los dientes en el tejido azul marino y que frotaba duramente intentando hacer de su marido un obrero inmaculado. Ella robó el peine para poder también ordenar sus cabellos pero rompió las púas y el peine se quedó cojo, paticorto, maniatado, quizá más bello con su nueva imperfección. Pero la culpa, la juventud, el delito, la escuela de monjas…nunca le dejaron pensar algo bueno sobre aquel infantil acto. Hoy ha recuperado el recuerdo y lo ha despojado de la impuesta maldad. Ha imaginado a su padre sacando el peine roto de la camisa, mirándose en el espejillo del baño un lunes después de un domingo. Y le ha apetecido inventarlo sonriendo por imaginarla a ella peinándose su melena de mujer. Y ha vuelto de repente a la fábrica, invadida ahora de oficinas de diseño, para que su padre le volviera a preguntar de qué color quería que pintara los barcos que nadaban sobre la tela de algodón, de qué color debían ser los sueños que cada noche sugirían de entre las sábanas que iban a confeccionar con aquella tela que estampaba sólo para ella. Y le ha invadido la añoranza y ha deseado poder volver a pisar el suelo de aquel edificio para quemar las mesas, los teléfonos, las fotocopiadoras, las reuniones y a todos los señores modernos. Ha caído en la cuenta de que ya no quedan obreros estampadores, que ahora son las máquinas que desde el extraradio arrojan la pintura sobre las superficies y que esas másquinas no tienen hijos a los que invitar a pintar sus sueños los sábados por la mañana, que ellas no entienden de peines, ni de barcos azules navegando sobre océanos amarillos. Y se ha entristecido al pensar de nuevo en su padre que a las puertas de la jubilación malgasta su oficio apretando el botón rojo de una máquina incomprensible de la que solo salen pastillas blancas, redondas y feas.

1 Comments:

Blogger senilDion said...

Hay sustancias que son tremendamente preciadas, tanto por lo difícil que es encontrarlas, como por su gran utilidad. Es el caso del aceite de onagra. Del aliento de dragón. De la lágrima de unicornio. De la planta que se usa en la noche de San Juan para capturar a los duendes y meterlos en un dedal. Sin embargo, por encima de todas ésas, hay otra sustancia que tiene aún más valor. Es el brillo de ojos, el polvo microscópico con el que se hacen los sueños. Esa sustancia intangible que permite que se encienda la mirada y el mundo cobre luz. Lo que yo quiero contar aquí es que hay gente que tiene un don. Algo así como un imán interno. Una capacidad innata para hacer que el brillo de ojos de los demás salga a la superficie. Y mi vecina, la mujer que no soportaba que le dijesen cosas bonitas, tendrá que soportar por esta vez que le digan que ella es una de esas personas que tiene el don y que es una auténtica suerte tenerla cerca.

(a ver si hay suerte y a ella le sale también su brillo de ojos)

sábado, 05 marzo, 2005  

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