Crónica de un garbanzo (18)


El jardín de mi abuela
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Una vez le expliqué a un amigo que si tuviera que escribir únicamente sobre cosas bellas ahora mismo no pararía de hablar de las flores de mi terraza. Mi abuela, en su terraza de interior, tiene flores de plástico. Les saca el polvo, las planta en tierra y las adorna con piedras de colores. Cuando vienen las visitas, como ella dice, siempre habla de sus flores y de lo bien que las tiene y de que cómo hacen ahora las cosas, que míralas, que parecen casi de verdad. Sus flores también crecen porque mi madre, su hija, le trae siempre que puede un ramo de alguna tienda de veinte duros. Un día, supongo que en un arrebato de amor, incluso trajo un pájaro de esos a los que le haces una palmadita y se ponen a cantar. El pájaro era también de plástico y estaba metido en una jaula color marfil que mi abuela decidió colgar en el recibidor para alegrar la llegada de las visitas.

Mi abuela se pasa el día esperando y en ese pasar llena la nevera de cervezas y chorizo para la merienda de mi padre, de latas de cocola y fanta para los chicos, de naranjas para mi madre y de tetabriks de leche para su desayuno y su cena. Ella asegura que si se conserva así de bien es porque se alimenta a base de cafés con leche. Cuando vamos a comer a cualquier restaurante, mientras todos leemos las cartas, ella siempre medio sonríe a algún camarero y le hace una señal con la mano indicándole que se acerque. Cuando llega, mi abuela, como si pensara que nadie la está escuchando, le dice que por favor le traiga un café con leche porque ella no piensa cenar nada.

Mi abuela se pasa el día esperando y la noche dándole al manubrio. Dice que se levanta tarde de la cama porque tiene que pensar en todos nosotros. A mi siempre me pregunta que cómo va el trabajo y casi sin esperar respuesta, me dice que no piensa morirse sin ir a mi boda. Sonríe y siempre acaba el diálogo con eso de que al fin y al cabo tiene que saber esas cosas porque ha sido ella quien me ha criado. Y siguiendo su argumento yo le pregunto qué tal anda ella de novios, que cómo le va con el conductor del autobús pequeño. Ella se gira y se aleja diciéndome que vaya tontería, que no quiere saber nada de hombres porque ya sabe de qué va todo eso.

Estoy intentando encontrar un final a esto que estoy escribiendo pero sólo se me ocurre decir que mi abuela es la hostia y punto.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Las abuelas son todas la hostia, claramente.

martes, 19 septiembre, 2006  
Anonymous Anónimo said...

mi abuela también es la hostia. no todas lo son. yo tenía otra, y no lo era, en absoluto.

mas bien al contrario.

la cuestion es que mi abuela si que es la hostia, lo es para mi, aunque nos liemos a gritos por la más minima... mira, me has puesto sensible.

domingo, 01 octubre, 2006  

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