Crónica de un garbanzo (30)

Las cartas están engordando en el cajón del armario mientras yo sólo tengo ganas de salir corriendo. Me alegro de verte las legañas cada mañana aunque me pique la punta de la lengua cuando me las como. Hoy he estado recordando cartas. Mi preferida es una de siete folios que llegó en un sobre rasgado. La recibí mientras desgastaba un verano en “el pueblo” (creo que durante una época se puso de moda en mi escuela eso de tener un pueblo. Todas tuvimos uno, así, casi como de repente. Yo, en realidad no tenía ninguno así que me agencié el del marido de la hermana de mi madre: mi tío.) Allí, en aquel lugar que ahora me parece atemporal, derrochábamos la inocencia, nos emborrachábamos, exigíamos no tener hora de vuelta a casa por las noches y, en mi caso, también me llevaban a los toros. Perdida en ese espacio entre pinares, con la plaza de la fuente de los cuatro chorros, con el pote y la mandanga, disparé los primeros besos con lengua y recibí un sobre que aún guardo. Dentro la grafía infantil y una ligera intuición de que esto de la vida iba en serio. Hace tiempo que no recibo cartas, sólo llegan facturas y el colmo es que además siempre son las mismas. Por correo electrónico, exceptuando a mi amigo canario y a las nuevas celulitas, en la bandeja de entrada se acumulan anuncios de Pixmania (una empresa que odio) e Infojobs. ¿Dónde se escriben ahora las historias de las vidas minúsculas? ¿En los diarios de cabecera y en los blogs? Mi amigo Sebald espero que sonría con esto y más ahora que sé que él no ha dejado de escribir, ni en su libreta ni a esa mujer. Lo pienso y mì amigo me sigue pareciendo una persona excepcional y lo creo, entre otra muchas cosas, porque desde que le conozco, que empieza a ser desde hace mucho tiempo, nunca se ha dejado arrastrar por las corrientes de nuestra época, pareciendo a menudo un bicho raro, siendo, a mi entender, una persona de una coherencia sorprendente. Algún día le pediré que me acompañe a tomar la merienda con ese jersey que lleva tejido un hipopótamo rosa.

Una anotación particular: ¡Cómo me gustan los primeros veinte segundos de la canción Papa Don’t preach de Madonna!

4 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Ya me iba a quejar por la queja de las no cartas cuando leí que soy, por e-mail, una de las excepciones.Te toca a tí, aunque como ya sabes no me debes nada.Un beso y buenas noches.
Grock.
P.D:Pienso que cuando uno guarda las cartas y los sobres es conciente o inconcientemente para redescubrirlas años después y uno siemprese suele sorprenderese de sí mismo y de su vida pasada.

domingo, 15 octubre, 2006  
Anonymous Anónimo said...

"siempre suele sorprenderse"

domingo, 15 octubre, 2006  
Anonymous Anónimo said...

Más que cartas, a veces me parece que le escribo mensajes de un náufrago, metidos en botellas, que espera una respuesta que nunca llega tal y como él la desea. Ay, suchen, el cariño que me tienes te nubla la vista. Lo mío no es coherencia, querida mía, es que no sé ser de otra manera, ni hacer otras cosas. Y no sabes cuánto lo he intentado. Supongo que uno está condenado a vivir con uno mismo, igual que lo está a tener siempre el mismo reflejo en los espejos, y la misma sombra proyectándose en el suelo, atada a los pies.

Aún así, lo que has escrito ha sido muy bonito. Gracias, amor.

Ese hipopótamo que no recuerdo tener y yo estamos siempre disponibles para cuantas meriendas quieras. Estaré a tu disposición en cuanto vuelva de los trópicos utópicos en los que estoy, y tras dejar mi isla y naufragar de nuevo, sin remedio, sin opción, en Madrid.

Suerte que te tendré a ti para mantenerme a flote cuando vuelva.

Besos

martes, 17 octubre, 2006  
Blogger Franco Chiaravalloti said...

Las pequeñas cosas de la vida se tornan gigantes cuando una persona las advierte, se emociona y le confiere un sentido al camino en el que anda. Por ejemplo, un cuento escrito con sangre más que con tinta.

martes, 31 octubre, 2006  

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